Emisión 24: Dos sombras

Supervivientes, hace días que os mantengo en ascuas, sin noticias del campamento. Este silencio, esta ausencia, este frío en medio de la noche… ¿Por qué? Supongo que me he dejado llevar por la sensación de dejadez y hastío que reina en el campamento. Estamos cansados. Se puede leer en los ojos de todos y cada uno de nosotros. Y tenemos miedo. Pero por una vez el cansancio es mayor que el miedo.

¿Ladrones? Esa fue la pregunta que explotó violentamente en la mente de todos los supervivientes del campamento. Cuando Esti salió de nuestra granja, con rostro preocupado y nos lo dijo —faltan gallinas—, la pregunta fue obvia: ¿ladrones? ¿ladrones en el campamento? No podía ser.

Rodrigo entró a la granja, Aitor entró a la granja. La inspeccionaron de arriba abajo. Nada. No había ventanas rotas ni jaulas abiertas. Todo estaba como debía estar. Pero faltaban gallinas.

La cara de Rodrigo era un poema cuando salió de nuestra granja. No podía creérselo. Yo creo que todavía es incapaz de creérselo. Su cara no ha cambiado desde entonces y eso que ya han pasado varios días. Parece como si algo en su interior se hubiera roto, como si lo que lo convertía en nuestro líder —razonable, racional, decisivo— hubiera desaparecido de repente. Ahora, ante nosotros, solo tenía a una mala copia de Rodrigo. Un Rodrigo triste e indeciso, un Rodrigo débil y cobarde, un Rodrigo incapaz de insuflar el optimismo y la motivación que antes lograba expandir por todo el campamento.

Esta pérdida se había dejado notar en nuestras actividades en el campamento. Diana centró toda su atención en los equipos de vigilancia y de limpieza. Sin embargo, las tareas de construcción, bajo la responsabilidad directa de Rodrigo, se retrasaban, hasta el punto de permanecer completamente detenidas. El problema más grave es que el pesimismo de Rodrigo se había instalado en todos los supervivientes y nadie se sentía con fuerzas de tomar las riendas del asunto.

Pero, ¿tenemos realmente un ladrón en el campamento? Quién sabe. Todas las pesquisas acabaron en callejones sin salida. Rodrigo le encargó la investigación a Aitor. Diana se ofreció voluntaria para ayudarle y Rodrigo fue incapaz de negárselo. Para entonces, ese algo de su interior ya se había roto y Rodrigo se sentía sin fuerzas para discutir ni la más pequeña de las decisiones. Solo quería huir, refugiarse en en lugar más seguro del mundo y estar solo. Lejos de todo, lejos de todos.

Os podréis imaginar que un equipo de investigación formado por Diana y Aitor tiene poco de equipo. Sin embargo, curiosamente, trabajaron bien juntos.

—Ha sido interesante trabajar con ella.—me confesaba Aitor hace un par de días.—Por primera vez, no hemos discutido trabajando juntos.

Yo lo miraba incrédulo. Diana y Aitor eran como el agua y el aceite. Dos espíritus independientes incapaces de congeniar el uno con el otro. Diana era la mujer más fuerte que había conocido y Aitor… Aitor era un hombre huraño. Dos personas misteriosas a las que era imposible conocer realmente.

—¿Lo dices en serio?

—Sí, tío. Hemos trabajado juntos, codo con codo. Yo me puse a la defensiva desde el principio. ¿Cómo iba a querer colaborar conmigo esa? Pero después… no sé, se mostró en todo momento abierta a ayudarme. Y sobre todo siempre estuvo a mi servicio.

—Tú y Diana… ¿no os habréis…?

Aitor se rió.

—Noo… no… ¿Pero qué dices? Es Diana.

—Ya, es Diana, pero no me vas a decir que Diana no te…

—Calla, no digas chorradas.

Así se acabó nuestra diminuta confidencia. Pero dejando de lado la conflictiva relación de Aitor y Diana, sus investigaciones tampoco llevaron a ningún culpable. No descubrieron nada, para ser exactos. La puerta de la granja no estaba forzada, así que quien robó las gallinas debió de hacerse con una de las llaves. En el campamento solo hay dos llaves: una a cargo de Esti y otra, de Arkaitz. Ellos son los encargados de la granja, ellos quienes cuidan de las llaves.

Diana estuvo con ellos la noche del robo.

—¿Hay más copias que las vuestras?

—No deberías preguntarnos a nosotros. Nosotros hemos sido los últimos en llegar. Que yo sepa sí, pero ni idea.—contestó Esti, un poco irritada.

—A nosotros las llaves nos las dio Rodrigo.—intervino Arkaitz.

—¿Y dónde las guardáis? ¿Las tenéis siempre con vosotros o las dejáis en vuestra casa?— insistió Diana.

—Diana, no me gusta nada el tonito que estás empleando para tus preguntas— dijo enfurecida Esti.—No me gusta y no creo que debamos seguir…

—Déjalo, cariño. Está bien.

—No, no está bien. Me siento como si hubiera robado yo esas gallinas cuando llevo semanas ocupándome de ellas y de esta granja.

Esti rompió a llorar y salió de la habitación.

—Diana, discúlpala, está un poco nerviosa.

—No te preocupes. Arkaitza, necesito saber dónde guardabais las llaves.

—Siempre con nosotros, sí, siempre en el bolsillo.

—Menos al dormir, ¿no?

—Bueno, sí, menos por la noche, pero los dejamos junto a nuestra cama.

—Vamos, que el único momento en que os las pudieron robar fue por la noche.

—Sí, supongo.

La única conclusión a la que llegaron Diana y Aitor fue a esa: el robo tuvo que ser por la noche, mientras el campamento dormía, el único momento en que las llaves pudieron quedar sin cuidado, el único momento en que pudieron también ser devueltas sin que Esti o Arkaitz se dieran cuenta.

Pero dejando el asunto del robo a un lado, anoche tuve un sueño extraño. Yo estaba solo, en medio del bosque. Era de noche, pero había luna llena. Yo caminaba desorientado, sin rumbo, cuando de repente vi una sombra a mi espalda, como a diez metros. Empecé a correr. Tenía que ser una criatura, pero no oía sus gañidos, ni sus pasos. Entonces, frente a mí, vi otra sombra. Cambié de dirección y seguí corriendo hacia el campamento. Al cruzar la muralla del sector 1, miré a mi espalda y no había nadie, ni sombras ni gañidos. Avancé precavido hacia mi estudio. No había nadie. Estaba solo. Entonces oí un cacareo. Era una gallina, sin duda. ¿Pero dónde? Miré a mi alrededor: ni sombras ni gallinas ni criaturas. Pero el cacareo no se detenía. Miré hacia la torre de vigilancia y allí… allí… había una gallina. ¡Una gallina! Y haciendo la ronda de la muralla, gallinas. ¡Más gallinas! Y dentro de la granja… dentro de la granja, dos sombras… las dos sombras que me seguían por el bosque, frente a mí, rodeándome, dos sombras con forma de mujer, que se acercaban, que me acosaban, frente a mí, rodeándome, dos sombras de mujer sin rostro.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

About Vladek, un superviviente

Soy un superviviente a la epidemia zombi que asoló el mundo en el año 2010. Ahora mismo vivo refugiado en el Campamento Última Esperanza, un refugio para supervivientes ubicado en el norte de España.
Esta entrada pertenece a la sección Radio Última Esperanza y tiene las etiquetas , , , , , , . Para guardar el enlace.

2 respuestas a Emisión 24: Dos sombras

  1. @salmef Nueva emisión en el blog, aunque con mucho retraso http://t.co/y3pr8th5

  2. “@Z_Vladek: Viernes 13 y nueva emisión #zombi http://t.co/SAfkH3e2” interesante!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>