Enciclopedistas: La resurrección de Deidre

Tras publicar todos los informes sobre el proceso infeccioso de Deidre, la Enciclopedia de los Supervivientes publica ahora el informe redactado por La Doctora tras su muerte. Un documento que no tiene desperdicio y que capta perfectamente todo el dramatismo del momento. Este dramatismo sorprende dada la frialdad que siempre caracterizó los informes previos de La Doctora. En realidad, más que un informe es un relato sobre lo que ocurrió tras el fallecimiento de Deidre.

Informe publicado por la Enciclopedia de los Supervivientes. Abril de 2022.

Sujeto número 153

Hora de la muerte del sujeto: 22:00 h.

Comentarios: Tras el fallecimiento he trasladado al sujeto a la habitación de resurrección. Era de esperar una resurrección rápida, ya que el proceso infeccioso se aceleró al final. Sin embargo, no ha sido así. Nuestras observaciones hablaban de resurrecciones al de aproximadamente 1 hora de la muerte. Este caso ha sido extraño, muy extraño. A decir verdad, no sé por qué me sigue sorprendiendo. Todo este caso… Todo él desde el principio ha sido un descalabro. Demasiadas esperanzas que han acabado nuevamente en mi laboratorio de resurrección. Pero vayamos por pasos.

El sujeto falleció a las 22:00 horas. En un principio, empujada por la desilusión que supuso el final del caso, pensé en destruir el cuerpo, incinerarlo sin esperar a la etapa de resurrección. Sin embargo, temía que dicho proceso se produjera incluso antes de tener preparada la chimenea para la incineración. Por otro lado, debía lidiar con los sentimientos de ciertos miembros del grupo. Aitziber seguía reclamando a Rodrigo los restos de Deidre para preparar una ceremonia en el campamento. Finalmente, me decidí por esperar a que el sujeto reviviera. En cierto modo, también me picaba la curiosidad: ¿cuánto tardaría el sujeto en convertirse? ¿Sería más rápido de lo normal, al igual que su muerte?

Deposité el cuerpo a las 22:10 en la sala de resurrección. Esta sala está perfectamente aislada e insonorizada. En estos momentos, la sala está vacía.

Una hora después aún no se había producido ningún cambio en el sujeto. Al parecer el agente patógeno que tan rápido actuaba cuando el sujeto estaba vivo ahora se ralentizaba. Con ánimo de seguir investigando, entré a la sala para tomar unas muestras de tejido. La temperatura del sujeto no había descendido prácticamente una hora después de su muerte (37º).

Dos horas más tarde, el sujeto seguía muerto. En aquel momento, solo una pregunta rondaba mi cabeza: ¿la muerte del sujeto habrá acabado con el virus? De ser así, sería el primer caso observado de este tipo. Entré nuevamente a tomar muestras de tejido. Y el mismo procedimiento seguí tres horas después de la muerte y cuatro horas después.

Continué mi observación, mientras preparaba las muestras para ser analizadas. Habían pasado ya cinco horas desde que el sujeto falleció y no había habido ningún movimiento, ni el más mínimo pestañeo, ni un solo gañido. Nada.

Cuando mi reloj marcaba las 3:30 horas, agotada tras una dura y larga jornada de trabajo, procedí a tomar una nueva muestra. Había preparado el equipo audiovisual para grabar la sala de resurrección mientras me acostaba para descansar. Fue en ese momento… en ese preciso momento… a las 3:30, cuando entré por última vez a tomar una muestra de tejido… Entonces… entonces… Deidre… el sujeto revivió. De repente, sin previo aviso, abrió los ojos. Esos globos blancos, opacos, vacíos, sin luz… muertos. Se abrieron de repente, como si hubiera sentido el corte que acababa de hacerle en el área necrosada de su hombro.

Me pilló desprevenida. No me lo esperaba. Sin previo aviso, me encontré a una criatura frente a mí, mirándome. Y en cuanto me vio, un gañido gutural retumbó en toda la sala. Y se abalanzó sobre mí. Estaba atada a la mesa de reanimación. Le había atado uno de sus brazos —el otro se lo amputé cuando aún estaba viva— y sus pies, pero eso no evitó que se incorporara con suma violencia y tratara de soltarse. Del susto salí despedida hacia atrás y me golpeé la cabeza contra la mesa contigua. Enseguida noté cómo brotaba la sangre y caía por mi cuello manchando el buzo que siempre usaba cuando entraba a la sala de resurrección. El golpe me dejó un poco aturdida. Tardé varios segundos en darme cuenta de que estaba en el suelo y que frente a mí un zombi se peleaba contra unos correajes para liberarse y saltar sobre mí.

Como buenamente pude, me levanté. Me dolía horrores la cabeza y cojeaba ligeramente. Me agaché un segundo para recoger la muestra, que había caído al suelo. Y un segundo después, me encontré con el sujeto fuera de sí tratando de alcanzarme. Había liberado su único brazo y se estiraba todo lo que podía hacia mí, mientras sus piernas se agitaban frenéticamente intentando romper las correas.

Salí de allí a todo correr y cerré la puerta hermética. Hasta que no oí el chasquido metálico no respiré tranquila. Me temblaba el pulso y el corte de mi cabeza sangraba abundantemente. Necesitaba ayuda, pero solo había una persona que podía prestármela y ser lo suficientemente discreta.

Me senté, tomé aire. Aquel bicho estaba ahora alteradísimo. Lo mejor sería darle tiempo, dejar que se calmara, hacer que olvidara el olor de la carne. Y luego… ¿luego qué? ¿Acabaría con él o todavía tenía el suficiente interés científico como para dejarlo… vivo? De momento, lo dejaría vivo. Mañana ya lo pensaría de nuevo.

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