Emisión 4: Alarma en medio de la noche

Supervivientes que deambuláis por los caminos, no perdáis la esperanza. Muchos caminos llevan a buen puerto.

El viernes, después de emitir el resultado del Consejo, las torretas que protegen la sección 1 dieron la voz de alarma. Había movimientos sospechosos en los alrededores. La alarma corrió como la pólvora de casa en casa y, en menos de cinco minutos, el equipo de emergencias estaba ya armado y en sus puestos para repeler cualquier amenaza. Se notaba la tensión en los rostros, el temor en las miradas. Aunque ya han pasado muchos meses desde que comenzó esta pesadilla, cada vez que nos enfrentamos a estas criaturas un escalofrío recorre nuestros cuerpos. No importa lo bien armados o protegidos que estemos. Lo he hablado con muchos supervivientes, con mis compañeros del campamento, y todos coinciden. Quizás sea su aspecto de ultratumba, sus miembros muchas veces amputados, sus rostros escalofriantes, sus gañidos estremecedores…

Ayer, cuando solo la luna alumbraba la sección primera del campamento, el miedo podía respirarse en el ambiente. Los trabajos con la muralla en esta área están muy avanzados, pero no lo suficiente como para sentirnos a salvo. Allí estábamos todos agazapados entre bidones, bloques de hormigón y escombros. Desde las torretas de vigilancia, Lucas y Aitziber eran nuestros ojos. Hasta que no estuvieran seguros de qué ocurría allí fuera, nadie entraría en acción.

Permanecimos allí en silencio, más de diez minutos. Podíamos escuchar ruidos a escasos metros del perímetro, pero no veíamos nada. Tampoco desde las torretas. Solo podíamos esperar, olvidar los escalofríos, maquillar el miedo.

Un silbido de Aitziber nos puso alerta. Algo se acercaba. Podíamos oírlo. Cada vez más cerca. No gemía, como las criaturas, pero caminaba con lentitud, como ellas. Eran dos. Todos nos miramos esperando alguna orden. Estaban ya muy cerca. Aitziber volvió a silbar. Esa era la orden que esperábamos, así que salimos de nuestros escondites y nos avalanzamos sobre ellas con nuestras varas de hierro.

Se nos heló la sangre. De repente. Nuestras armas quedaron suspendidas en el aire un momento. Nos miramos indecisos, asombrados.

—Estamos vivos— aquello fue lo que oímos, de repente, entre las sombras.

Nos quedamos sin aliento. ¡Supervivientes! En medio de la noche, salidos del bosque. Un hombre. Una mujer. Pero no tuvimos tiempo de presentarnos.

—¡Un grupo de zombis!- gritó Aitziber.—Por lo menos diez.

—Nos persiguen desde hace dos horas. No hemos podido esquivarlos.—dijo la mujer, antes de caer, rendida, en los brazos de Rodrigo.

Rodrigo se la llevó rápidamente a casa de la Doctora. El resto blandimos nuevamente con fuerza nuestras afiladas lanzas y nos preparamos para la defensa.

Pero esa historia os la contaré mañana, en nuestra quinta emisión.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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