Emisión 6: La hoguera en la plaza

Supervivientes, está nevando en el campamento.

La nieve no ha parado de caer desde ayer por la noche. Es como una sábana blanca y sedosa que cubre los caminos y los bosques. Nieva sin fuerza, como si la nieve no tuviera intención de llegar al suelo, pero la insistencia ha logrado que alrededor del campamento se acumulen treinta centímetros. Si el mundo no se hubiera ido al traste, ahora mismo estaríamos tirándonos bolas de nieve, como niños. Pero el mundo ya no es el lugar relativamente tranquilo y seguro que conocimos. Perder el tiempo tirando bolas de nieve parece casi un crimen cuando hay tanto que hacer, tanta trinchera que defender, tanto camino que vigilar. Aunque, a decir verdad, antes tampoco teníamos tiempo para pararnos a jugar con la nieve…

Ayer, durante todo el día, Diana mantuvo el estado de máxima alarma en todos los accesos al campamento. Los grupos de emergencia tuvimos que hacer guardia, casi sin pausa, durante toda la mañana y, con algunos relevos, durante la tarde. Por la noche, una vez que los dos equipos de limpieza volvieron sin novedades, Diana decidió dejarnos descansar y volver a la rutina de vigilancia: una torreta, un vigilante.

Fue en ese momento en que nos retirábamos a descansar cuando nos percatamos de que teníamos nuevos compañeros en el campamento. Tras tantas horas de máxima tensión, no habíamos tenido ni un solo instante para pensar en ellos. Pero ahora, allí estaban, relajados y descansados, tomando un café en el salón de la casa de Cristina, nuestra doctora. En realidad, allí habían estado todo el día y la noche anterior. Ella —Estibaliz— necesitó ser atendida por la doctora: entró completamente desmayada a su salón.  Él —Ekaitz— la llevaba en brazos, ayudado por Rodrigo. En cuanto la doctora la examinó, confirmó que no tenía nada.

—Solamente está cansada —dijo. —Necesita descansar.

Y la dejaron descansar. La tumbaron en el sofá y prepararon una sopa bien caliente y un buen plato de fruta. Ekaitz la observaba preocupado mientras ella dormía. No se separó de ella ni un segundo, nos contó Cristina. Ni siquiera para comer algo.

Un par de horas después, Estibaliz se despertó. Tuvo un despertar repentino, asustado. Estaba empapada en sudor.

—¿Dónde están? ¡Nos persiguen!— gritó, mientras trataba de levantarse y salir corriendo.

Pero Ekaitz la sujetó con fuerza.

—Tranquila. Estamos a salvo.

—¿Dónde estamos?

—Estáis en el Campamento Última Esperanza— dijo Cristina. —Y podéis quedaros aquí todo el tiempo que necesitéis.

La voz suave pero decidida de Cristina pareció sedarla. Y Estibaliz cerró nuevamente los ojos y se quedó dormida. A su lado, Ekaitz aprovechó también para descansar un poco.

Esta tarde, cuando hemos terminado las guardia, todo el campamento se ha reunido en la plaza, junto al ayuntamiento. Es un lugar resguardado, donde se puede preparar una hoguera sin que se vea desde lejos. Allí estábamos todos. Rodrigo, Diana, Aitor… Y también Estibaliz y Ekaitz. Ellos han sido los auténticos protagonistas de nuestra hoguera.

Hacía frío. Antes de sentarnos hemos tenido que limpiar de nieve todo el asfalto. Pero junto al fuego y con nuevos compañeros, el frío no se apreciaba casi. Rodrigo les ha dado la bienvenida oficial, como presidente del consejo del campamento. Hemos brindado con un poco de vino, todavía tenemos algunas reservas en el almacén, y hemos cenado todos juntos en familia. Hacía tiempo que no nos reuníamos para cenar todos juntos. Pero la ocasión lo merecía.

Entonces, en medio de la velada, Ekaitz ha tomado la palabra y nos ha dado las gracias por la cálida acogida. Todos estábamos felices de verlos con vida. Eso significa que todavía hay esperanza. Que todavía hay supervivientes ahí fuera. Pero la felicidad se nos ha agriado un poco cuando hemos comenzado a hacerles preguntas y hemos descubierto el caos que reina fuera del campamento.

Supervivientes, mañana os traeré más historias. Sus historias. Las historias de Estibaliz y Ekaitz, los supervivientes que vinieron por los caminos.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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