Emisión 7: El peregrinaje de Esti y Ekaitz

Supervivientes, no hay novedades en el frente. Ha dejado de nevar, pero los caminos y los bosques siguen cubiertos. El campamento vive aletargado. Sobrevivimos gracias a las reservas de comida almacenadas. Hace tanto frío que todas las actividades del campamento, excepto la vigilancia, han sido suspendidas.

Aprovechando que no tengo noticias nuevas y como sé que estáis ansiosos por oír las historias que traían Esti y Ekaitz, voy a dedicar varias emisiones a sus relatos. Las últimas noches, a la lumbre de la hoguera, hemos revivido con sus historias. No contaban noticias de esperanza, tampoco nos hablaban de héroes ni de salvación, pero traían historias nuevas, noticias de fuera del campamento, vida exterior. Cuando llevas tanto tiempo casi encerrado, sin poder moverte libremente para estar seguro, cualquier pequeño retazo del exterior, cualquier mínimo detalle novedoso —por ínfimo que sea— nos insufla vida, nos devuelve una parte del mundo que hemos perdido.

El martes por la noche —si es que realmente es martes y no hemos perdido la cuenta—, reunidos en torno a la hoguera, Estibaliz —Esti, como quiere que la llamemos— tomó la palabra. Allí estaba, en medio de la plaza, junto al antiguo ayuntamiento. Se la veía descansada, tranquila, segura. Probablemente, incluso feliz, si es que la felicidad todavía existe en medio de tanta muerte.

Cuando abrió por primera vez la boca, se le escapó casi una lágrima entre los dientes. Todos los ojos se posaron en ella. Todos sabíamos lo que quería decir y por eso, aunque no lo dijo, la entendimos. Pero ella también sabía qué queríamos nosotros. Podía oler nuestra sed de novedades. Podía sentir nuestra angustia.

—Ekaitz y yo vivíamos a las afueras de Donosti. Después de años ahorrando, habíamos conseguido comprar una casita con jardín.

Estaba al borde del llanto y necesitó parar. Pero al ver nuestras caras expectantes, se armó de valor y continuó.

—Lo que viene después prácticamente lo conocéis todos. Es la misma historia en diferentes contextos. De repente, el mundo se volvió loco, los muertos comenzaron a resucitar y los vivos empezamos a ser sus presas. Ekaitz y yo vivimos un tiempo tranquilos en nuestra casa. La epidemia parecía no haber llegado a Donosti o, al menos, parecía estar controlada. Pero, de repente, todo se fue a la mierda. La radio cada día daba noticias más alarmistas y las autoridades no acertaban a ponerse de acuerdo sobre qué debían hacer. Ekaitz y yo decidimos encerrarnos en nuestra casa. Llenamos la despensa y esperamos a ver si pasaba la tormenta. Pero no pasó, bueno, qué os voy a contar.

Esti tomó aire.

—Un día llegó el ejército y nos obligó a desalojar nuestras casas. Nos llevaban a Bilbao. El gobierno militar de emergencia había montado un Centro de Resistencia allí y querían agrupar a todos los supervivientes del área de Donosti para organizar un convoy de traslado a la zona segura. La verdad es que entonces no éramos muy conscientes de a qué nos enfrentábamos. Nuestro barrio había permanecido tranquilo. Solo habíamos visto a… esos…

Esti volvió a tomar aire.

—…solo los habíamos visto en la televisión. Teníamos miedo pero éramos incapaces de imaginarnos el caos absoluto en el que se estaba sumiendo el mundo. Nos metieron a todos en camiones. El convoy era enorme. Y nos llevaron a Bilbao.

—¿Y llegasteis?— preguntó Aitziber. —Hemos oído que la operación de evacuación de San Sebastián fue un desastre.

—Y lo fue, pero llegamos. Por los pelos, pero llegamos.

—En realidad, llegamos nosotros— dijo Ekaitz. —Muchos de nuestros compañeros de convoy se quedaron por el camino. Aquello fue un infierno. Solo entonces nos dimos cuenta de que éramos supervivientes y de que estábamos solos.

—Nos rodearon. De camino a Bilbao, nos rodearon. Fue horrible.

Todos la mirábamos intuyendo la tragedia que nos iba a relatar. Todos habíamos escuchado noticias sobre aquella evacuación. Todos podíamos leer el terror en sus ojos.

Supervivientes, no perdáis la esperanza. Al menos no por esta noche. Ya es tarde. Mañana tengo que hacer guardia en el sector 1 a primera hora. Es mejor que cierre esta emisión. Es mejor que os deje con las ganas de conocer el final de esta historia. Mañana será otro día. Un nuevo día. Quizás luzca el sol, quizás nos ataquen las criaturas. Quién sabe. Lo único seguro es que estamos vivos. Y si hay vida, hay esperanza.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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