Emisión 8: El convoy asediado

Supervivientes, ayer os dejé con la miel en los labios. Con una miel demasiado amarga como para saborearla a gusto. Pero no puedo dejaros sin conocer su historia, la historia de Esti y de Ekaitz, la historia de dos supervivientes que escaparon de San Sebastián para refugiarse en el Centro de Resistencia de Bilbao y vieron cómo el camino al refugio no iba a ser, para nada, un camino de rosas.

Esti nos miraba aquella noche. El candor de la hoguera iluminaba su rostro, un rostro hermoso y relajado. Ekaitz miraba al suelo. No se atrevía a levantar la vista, ocultaba su rostro. Ya conocía esa historia: era uno de los protagonistas. No necesitaba escucharla, pero nosotros estábamos ávidos de noticias, sedientos de novedades. ¡Queríamos conocer su historia! ¡Queríamos saber cómo sobrevivieron, cómo escaparon, cómo llegaron a nuestro campamento!

—Nos rodearon.

Nuestros ojos se clavaron en sus ojos. Buscaban animarla, darle calor humano. Pero sus ojos, los ojos de Esti, estaban en ese momento vacíos. Nos contaba una historia, en la que era la principal protagonista, como si fuera un narrador externo.

—Nos rodearon. De repente, el convoy se detuvo. Nosotros no sabíamos qué ocurría. Ekaitz y yo nos miramos preocupados, pero incapaces de imaginar hasta qué punto la situación estaba a punto de costarnos la vida.

Esti nos miró.

—O la muerte…— y rió. Una risa irónica y cargada de tristeza. —Se escucharon disparos. La gente comenzó a ponerse nerviosa. “Ya vienen, ya vienen”, gritaban algunos. Otros empezaban a rezar o a tratar de salir del autobús. Nosotros nos quedamos paralizados, sin saber qué hacer. Hasta que uno de esos…—Esti tomó aire. —hasta que uno de esos… zombis se avalanzó contra nuestro autobús y comenzó a golpear la puerta de entrada. En menos de diez segundos, ya no era uno, sino cuatro. Y un instante después, el autobús y todos los del convoy estaban completamente rodeados.

Ekaitz estaba llorando. Trataba de ocultar su rostro, agachaba la cabeza, pero todos veíamos cómo sus lágrimas caían por su nariz y aterrizaban en la nieve.

—Nuestro conductor, entonces, se puso nervioso y decidió tomar la iniciativa. Para entonces, los disparos eran ya atronadores. Nos rodeaban, nos envolvían. Al igual que los… Al igual que los zombis. El autobús estaba asediado, el convoy estaba asediado. Solo se oían gritos, dentro del autobús; gañidos y disparos, fuera del autobús. Y nuestro conductor se puso nervioso y decidió tomar la iniciativa y romper la unidad del convoy y buscar una vía de escape. Pegó un volantazo y aceleró. Pisó el pedal a fondo y trató de hacerse hueco por el andén de la autopista para escapar. Pero había tantos… Había… tantos…

Esti detuvo su relato. Todos podíamos oír su corazón latiendo desenfrenado en aquel momento. Y, sin embargo, sus ojos seguían vacíos. Como si contara una historia lejana, como si hubiera olvidado su papel en aquel relato.

—Pero encontró un hueco. Y aceleró, lo que pudo, porque frente al autocar había decenas, cientos de… cientos de zombis. La autopista estaba llena, repleta, a reventar de ellos. ¿De dónde habían salido? ¿Cómo era posible que nadie los hubiera visto antes de quedar atrapados? La verdad es que en aquel momento no nos hacíamos preguntas. Solo teníamos miedo. Un terror espantoso. Pero nuestro conductor encontró un hueco. Y aceleró. Ahora entre los disparos podíamos oír el crujir de huesos putrefactos, el estallido de cráneos bajo las ruedas del autocar. Los autobuses que nos seguían se lanzaron también a la aventura. Hasta cuatro trataron de seguirnos, pero ya era demasiado tarde. El asfalto estaba cubierto de cuerpos y las ruedas se atascaban. Quedaron atrapados. Podíamos verlos, a nuestras espaldas. Solos, atrapados entre el fuego amigo y esas criaturas. Rodeados, asediados. Muertos de miedo. Podíamos verlos mientras nuestro conductor maniobraba violentamente tratando de esquivar a cuantos zombis se ponían delante, pero llegó un momento en que fue imposible y tuvo que girar bruscamente. La única vía de escape estaba fuera de la autopista. Y allí fuimos. Fue violento, muy violento. El autobús dio un brinco, saltó un pequeño terraplén y salió despedido hacia los terrenos colindantes. Pero aquello era demasiado y las ruedas delanteras reventaron. Oímos la explosión y nada más. Cerré los ojos. Ekaitz me sujetó con fuerza. Pero cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, el autobús yacía sobre un lateral en medio de una campa, al borde de un bosque. Ekaitz sangraba por la cabeza y, a nuestro alrededor, solo oía llantos y gritos de dolor. Y gañidos. Unos ecos de muerte que estaban cada vez más cerca. Agarré a Ekaitz y tiré de él. Tenía una buena brecha en la frente, pero era una herida limpia. Sangraba mucho, pero no teníamos tiempo de improvisar ninguna cura. Lo saqué del autobús y empezamos a correr. Sin mirar atrás. Sin esperar a nadie. Sin importarnos nada más que nosotros mismos. Corrimos… y sobrevivimos…

Su voz se perdió entre sus últimas palabras y las chispas que desprendía la hoguera. Entonces, Ekaitz tomó la palabra.

—No nos detuvimos hasta casi una hora después. No miramos atrás. Solo una vez, antes de entrar en la espesura del bosque, y me arrepentí al instante. Esas criaturas habían llegado al autobús. Eran decenas. Lo golpeaban, lo rodeaban… Eran demasiados. Y comenzaron a entrar en el autobús. Un alarido quebró la espesura del bosque. Y me di la vuelta y seguí corriendo.

Ekaitz también se calló. Los dos se miraron un segundo. Estaban vivos y, por hoy, no querían recordar más. Por hoy ya era suficiente. Estaban vivos y ahora estaban en el campamento, junto a una hoguera. Junto a otros supervivientes. Nosotros.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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