Emisión 18: ¿Y Deidre?

Supervivientes, esta emisora ha estado callada durante unos días, días de temor, días de vergüenza. Si digo la verdad, no he tenido ganas, me han faltado las fuerzas para encerrarme en el estudio improvisado que he preparado en mi habitación y contaros qué ocurre en el campamento. Además, en semanas como estas no hacen más que rondarme algunas preguntas: ¿habrá alguien ahí fuera? ¿habrá alguien escuchándome? ¿quedará alguien vivo fuera del campamento? Hace un mes que nadie llama a nuestras puertas. Y durante todo este tiempo, ninguna transmisión, ningún mensaje… Solo silencio. ¿Hay alguien vivo por los caminos?

Pero no me hagáis demasiado caso. Probablemente sean el cansancio o la nostalgia los que me entristecen hoy, los que me obligan a mirar el mundo con unas gafas ligeramente empañadas de pesimismo. Supervivientes, hay esperanza. Está el campamento, un campamento vivo, activo, preparado y dispuesto a resistir. Un campamento casi amurallado. Supervivientes, aquí tenéis un refugio.

Aunque supongo que estaréis esperando a que os informe sobre qué ha ocurrido esta semana. No ha sido la semana más feliz de nuestras vidas, eso seguro. Desde la aparición repentina de Ruby… bueno, de esa criatura que antes fue Ruby en mi estudio, los hechos se han desencadenado con suma velocidad. Como ya os relaté, esa misma noche se reunió el Consejo para analizar la situación. Ruby formaba parte del equipo de limpieza desaparecido y, según parece, entró al campamento ya infectada. Nadie lo comprobó, nadie los examinó. El Consejo decidió este miércoles un protocolo de actuación con todos los equipos que salgan del campamento a explorar o a abastecernos. Todos los miembros de estos equipos serán examinados por la Doctora nada más volver. La medida no ha gustado a nadie, especialmente a quienes suelen salir a explorar, pero a todas luces parece necesaria para evitar situaciones parecidas a la que vivimos hace unos días.

Pero el asunto más inquietante que el Consejo tuvo entre manos aquella noche de viernes fue qué hacer con Deidre, la hermana de Ruby. Deidre había ocultado a su hermana, a sabiendas de que estaba infectada, y cuando resucitó la había escondido para intentar que no la viéramos. Por su culpa, todos habíamos estado en peligro. La verdad sea dicha, en aquel momento, prácticamente todos teníamos unas ganas irrefrenables de acabar con Deidre. Yo el primero. Ruby… aquella criatura me había atacado por su culpa. Casi… casi me infectaba por su culpa. Solo Aitziber alzó su voz frente al Consejo. Pero al tiempo que juzgábamos qué hacer con ella por sus actuaciones irresponsables también decidíamos qué hacer con una Deidre infectada por su hermana.

—Del lunes al jueves por la noche van muchos días.—hizo notar al Consejo Aitor, aquella noche, refiriéndose a la infección de Ruby. —Hasta ahora, todos los casos que hemos observado han sido muchísimo más rápidos. Normalmente menos de 24 horas y, como mucho, 30 horas…

—Es mucho tiempo, demasiado tiempo— insistió Aitziber.

Aquella noche de Consejo se hizo el silencio, solamente roto por la voz de La Doctora.

Dejádmela a mí.

Nadie pudo hablar. Su voz crepuscular inundó la sala del antiguo ayuntamiento.

—¿Qué vas a hacer con ella?— preguntó Aitziber.

—¿Tú qué crees? Investigar.

—Cristina, es Deidre…

Era Deidre, ahora es una infectada más. Alguien a quien le queda poco tiempo de vida. O mucho… según se mire.

—Déjate de bromitas, Cristina— le reprochó Deidre.

—El proceso seguido por la infección de su hermana es muy extraño. Hasta ahora nunca habíamos visto un proceso tan lento. Ya no puedo analizar la infección de Ruby, pero sí puedo estudiar todo el proceso en Deidre.

—No pienso ser tu ratón de laboratorio.

—Cállate, Deidre—le sugirió Diana.

—Dejádmela a mí. Documentaré todo el proceso infeccioso y estudiaré cualquier anomalía.

El Consejo, en silencio, observó expectante la reacción de Rodrigo. Rodrigo no sabía cómo reaccionar.

—Rodrigo, ¿tienes dudas? ¿No estarás pensando en que esta carnicera ponga sus manos sobre una de nuestras compañeras?— le espetó Aitziber, muy enfadada.

—Aitziber, puedo entender que te cueste aceptarlo, pero Deidre dejó de ser una de nuestras compañeras en el momento en que ese bicho la mordió.— dijo Diana.

—Era… mi hermana, hija de puta.

Diana se acercó a Deidre y le soltó un sonoro tortazo. Aitziber se abalanzó sobre Diana y la sujetó con firmeza, pero Diana logró soltarse y trató de pegar de nuevo a Deidre. Para entonces Rodrigo y Aitor consiguieron sujetarla y calmarla. El Consejo estaba alborotado, nervioso. Y Deidre nos observaba con un gesto de odio, sabiendo perfectamente que la íbamos a dejar en manos de la Doctora.

—Tenemos que votar. No pienso dejar esta decisión solamente en mis manos. ¿Qué hacemos con Deidre? ¿La encerramos hasta que muera y resucite? ¿La entregamos a Cristina? ¿La ajusticiamos?

—Antes de que el Consejo hable, solamente quiero recordaros la estupidez que sería perder una oportunidad como la que ahora mismo tenemos ante nosotros.

Y votamos.

¿Nos habremos olvidado de quiénes éramos antes de la epidemia? ¿Habremos olvidado lo que nos hacía humanos? ¿Recordaremos lo que es la piedad, la compasión? ¿O solamente conoceremos el significado del verbo sobrevivir?

Aquella noche Deidre, maniatada, ingresó en el laboratorio que la Doctora tiene montado en su casa. Nos miraba con odio, como si no nos reconociera, como si quisiera guardar perfectamente en su memoria nuestras caras para el momento de su resurrección. Como si esperara la venganza.

Desde aquella noche ha pasado más de una semana, pero no sabemos nada de Deidre desde entonces.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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