Emisión 19: Urgencia

Supervivientes, ¿cómo hemos sobrevivido tanto tiempo a la amenaza que recorre los caminos, a esa epidemia que se extiende por todos los confines de la tierra y que devora a todo ser vivo que se encuentra a su paso? ¿Cómo hemos logrado crear un campamento, defenderlo, protegerlo, organizarlo? ¿Cómo hemos vivido tantos meses soportando ataques, pasando hambre, superando las dificultades? Si alguien me hiciera estas preguntas, le respondería sin dudarlo: gracias al sumo cuidado con que nos hemos movido, gracias a la precisión con que nos hemos organizado, gracias a las mil medidas de prevención que hemos tomado. Y entonces, ¿por qué ahora actuamos de forma descuidada? ¿Por qué nos comportamos como seres inconscientes de la amenaza que está ahí fuera, asediándonos? ¿Por qué olvidamos nuestras tareas?

Llevamos una semana dispersos, nerviosos, callados. Llevamos una semana encerrados en nuestros pensamientos. Llevamos una semana de discusiones sin límites. ¿El tema? Deidre. ¿Qué ha sido de ella? La respuesta es obvia: estaba infectada, no había ninguna posibilidad para ella, antes o después su sangre habrá dejado de fluir, habrá dejado de respirar, habrá descansado… solo por un momento, porque poco después de ese silencio desgarrador de la muerte, un gañido, un aullido profundo y seco habrá anunciado su resurrección, su transformación en una de esas criaturas que nos asedian.

En el campamento, nadie pone en duda ese proceso. Intuimos que su infección ha podido ser más lenta como, al parecer, sucedió con Ruby, su hermana. Pero por muy lenta que haya sido, el final es inevitable. No hay forma de escapar. En cuanto una gota de sangre podrida toca una herida abierta, en cuanto se da el más leve mordisco, ya no hay esperanza. Y tampoco la ha podido haber para Deidre. ¿Pero dónde está su cuerpo? ¿Y qué ha hecho  la Doctora con ella durante todo este tiempo?

Aitziber insistió en este asunto ayer, cuando se cruzó con Rodrigo a la vuelta de su turno en una de las torres de vigilancia del perímetro.

—¿Cuándo vamos a poder enterrarla, Rodrigo?

—Hoy hablaré de nuevo con Cristina.

—¿Así que todavía no has hablado con ella? Eres un cobarde.

—Aitziber, no te pases…

—Le tienes casi más miedo a esa mujer que a los zombis de ahí fuera.

Y se marchó, con lágrimas en los ojos, a descansar. ¿Por qué le ha afectado tanto este asunto a Aitziber? Deidre era su amiga. Casi siempre hacían la guardia juntas. Se conocían desde antes de llegar al Campamento. Se cruzaron por los caminos y decidieron buscar refugio juntas. Las tres: Aitziber, Deidre y Ruby. Eran sus compañeras. Eran sus amigas. Y en apenas dos días las había perdido a ambas y sin posibilidad de despedirse de ninguna. La derrota se dibujaba en el rostro, habitualmente alegre, de Aitziber. Además, había una pregunta que le rondaba sin posibilidad de alejarla. Hace dos días me la lanzó de repente, mientras mirábamos el cielo estrellado en medio de nuestra guardia nocturna:

—¿Qué estará haciendo esa carnicera con ella? Es un monstruo…

Yo no supe qué contestarle. Así que continuamos mirando las estrellas aquella noche sin decirnos nada. Pero aunque no dijéramos nada en aquel momento, aunque ese silencio se haya extendido por el campamento, todos llevamos pensando en Deidre y en Cristina toda la semana. Y esa desazón nos ha vuelto subnormales por una semana. Nos ha hecho descuidados. Hemos olvidado cuáles eran nuestras prioridades, a qué debíamos dedicar todo nuestro tiempo y nuestros desvelos: la muralla.

Las obras de construcción de la muralla en los sectores tres y cuatro prácticamente no han avanzado en los últimos siete días. Estamos estancados, desmotivados, agotados. Y sin embargo, tenemos que terminarla. Debemos terminarla cuanto antes.

Diana está preocupada. Se le nota en que se cabrea más que antes. Es consciente de la amenaza que ronda al campamento. ¿Y cómo podremos defendernos de cientos, o quizás miles de criaturas sin una buena muralla? Diana, para evaluar la situación, ha enviado a dos compañeros a explorar los alrededores. Tienen órdenes muy claras: explorar los alrededores del campamento en dirección al valle contiguo para ver si la masa de criaturas —bichos, como dice ella— se ha desplazado y está ahora más cerca de nosotros. En caso de peligro, la consigna es correr. Nada de héroes. Correr sin detenerse hasta el campamento.

Supervivientes, mañana nos toca una jornada de duro trabajo en la muralla. El miedo es el único que nos da fuerzas. Sin embargo, pese a que una motivación tan primaria nos mantiene ocupados, nadie puede evitar preguntarse qué habrá sido de Deidre.

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