Emisión 21: Fuego en el campamento

Supervivientes, ayer una alarma despertó al campamento en medio de la noche. Fuego. ¿Había fuego en el campamento? La voz de alarma partió de la torreta de vigilancia del sector 1 y corrió en menos de cinco minutos por todo el campamento.

Tenemos un sistema de alertas bien organizado. Cuando es necesario dar la alarma debido a un ataque de criaturas, las torretas tocan las campanas. Si el ataque es muy numeroso, tocarían a rebato. Afortunadamente, de momento, no se ha dado el caso. Si el ataque es poco numeroso, las campanas tocan a muerto, como se hacía antes para anunciar los funerales. Dos o tres toques profundos para evitar organizar demasiado escándalo y que otras criaturas de las cercanías se acerquen al campamento. Cuando la alarma se debe a otros motivos en los que no están implicadas las criaturas, los vigilantes del perímetro dan la alarma a viva voz. Quizás no sea la forma más rápida de movilizar al campamento, pero sí es una forma segura, sin estruendo, sin llamar la atención de oídos vigilantes.

Aitor dio la alarma esta vez.

—Vi un resplandor rosado cerca de la playa.—me contó después, mientras apurábamos un vaso de vino. —Al principio no supe exactamente qué era. Solo cuando vi la columna de humo que despedía lo identifiqué.

Aitor estaba encargado de vigilar la torreta de vigilancia del sector 1. Desde allí se observa todo el acceso al campamento desde el camino del monte en dirección a la atalaya y se otea la playa, aunque no toda ella. Algunos árboles bloquean la visión.

Aitor recorrió todo el campamento a voz en grito. Fuego, fuego. ¿Pero dónde? Todos nos despertamos sobresaltados y nos reunimos en la plaza del antiguo ayuntamiento. Ese es nuestro punto neurálgico para organizar cualquier tipo de defensa del campamento. Allí estábamos todos.

—¿Qué ocurre?— preguntó Rodrigo.

—Hay fuego.

—¿Dónde?

—En la playa.

—¿Y criaturas?

—No lo sé. No he visto ninguna, pero sí había algo o alguien que se movía cerca del fuego. No me ha dado tiempo a fijarme, he venido corriendo.

—Las torretas de vigilancia… todos a vuestros puestos— gritó Rodrigo. —Si es un ataque, no quiero que nos pillen desprevenidos por ningún flanco.

—Rodrigo, la defensa es cosa mía.— protestó Diana.

—De momento, no ha habido ningún ataque, que sepamos. Así que yo me encargo.

Diana lo miró con desprecio, pero acató las órdenes. Todos estábamos nerviosos. ¿Un fuego? ¿Cómo era posible?

—Coged todos los cubos que encontréis y vamos a la playa. Llevad también vuestras armas. Por si acaso…

Allí estábamos todos. Todavía medio dormidos, buscando cubos en el almacén del viejo ayuntamiento, asegurándonos de que íbamos armados. Con el miedo en el cuerpo. Nerviosos.

—Me voy a adelantar.— gritó Diana. —Si hay bichos, pego un grito.

Yo estaba ocupado buscando cualquier cachivache que me sirviera para apagar un fuego pero no pude evitar ver la cara de odio de Aitor. ¿Cómo podía odiar tan profundamente a Diana? Y sobre todo, ¿de dónde nacía su odio? Alguna vez se lo he preguntado mientras observamos el horizonte, tirados a la orilla del mar, tras una dura jornada de trabajo.

—Aitor, ¿qué te pasa con Diana?

Nunca me ha contestado. Solo ha sonreído y ha continuado mirando el horizonte, como si todas las respuestas se escondieran en esa fina línea que, allá lejos, separa el mar del firmamento.

Nos movíamos a trompicones. Cada uno con su lanza o su espada o su ballesta. Y con un cubo, una vasija, un caldero, cualquier cosa. Algunos solo con ramas de una vieja palmera que se secó hace unos meses. Rodrigo dirigía el grupo, urgiéndonos a caminar más deprisa. Habían pasado casi diez minutos desde que Aitor dio la voz de alarma y desde el centro del campamento no se veía ninguna señal del fuego. Solo al acercarnos a la playa pudimos ver una hoguera de tamaño medio y sus llamas avivadas por el viento de la medianoche.

Diana apeada en el límite entre el asfalto y la playa lo observaba todo sin inmutarse.

—Acercaos, no os preocupéis. No hay bichos.

—¿Y el fuego?— preguntó Rodrigo.

—Es una hoguera. El campamento no corre peligro.

—Pero, ¿y quién cojones ha hecho una hoguera? Esa luz podría atraer a cualquier cosa que esté merodeando por los alrededores.

Diana se tomó su tiempo antes de contestar. Se giró en dirección a la hoguera, señaló con el dedo índice de su mano derecha y, con una sonrisa irónica alojada entre los labios, pronunció dos palabras:

La Doctora.

Dos palabras que recorrieron los cubos y las armas alojándose en cada par de orejas y provocando un escalofrío glacial entre los supervivientes.

—¿LaDoctora?

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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