Emisión 23: ¿Tenemos un ladrón en el campamento?

Supervivientes, el campamento vive sin sobresaltos después de la hoguera organizada por Cristina para incinerar el cuerpo de Deidre. Esa misma noche, Diana intensificó las guardias en el perímetro del campamento. Rodrigo temía que la luminosidad desprendida por la hoguera hubiera atraído a las criaturas que pudieran estar deambulando por los alrededores. Porque aunque los equipos de limpieza han retornado últimamente al campamento sin mancharse las manos con la sucia sangre de las criaturas, todos sabemos que están ahí fuera. Agazapadas, dormidas, pero ahí fuera. Es más, todos sabemos que hay un grupo inmenso de criaturas que desapareció hace semanas en dirección al mar. Desde entonces no tenemos noticias de ese grupo. Pero ahí están, en algún lugar. Siempre están, eternamente muertos, eternamente vivos.

Desde la noche de la hoguera, no ha habido sobresaltos. Aitziber solicitó a Rodrigo la celebración de una pequeña ceremonia de despedida.

—No sé si es una buena idea. Los ánimos están muy bajos y estas ceremonias siempre deprimen a los que quedamos vivos.

—Pero es Deidre…

Aitziber estaba al borde de las lágrimas. Su cara se enrojeció en un segundo y sus ojos se nublaron.

—Era Deidre…

Rodrigo no pudo negarse. Le pidió que se encargara ella.

—¿Te parece esta tarde, justo antes de que anochezca?

Aitziber asintió y se marchó a organizarlo todo. En menos de media hora ya había convocado a todo el campamento para esa tarde en la plaza del viejo ayuntamiento. A todos menos a Cristina, por supuesto.

—¿Podrías decir unas palabras?— me preguntó aquella tarde.

No pude negarme. Era Aitziber. Desde que llegó al campamento ha sido una de las personas que más se han preocupado por mí. En realidad, por mí y por todos. Y también Deidre. Nuestra Deidre. Y su hermana… Si me concentro lo suficiente soy capaz de extraer de mis recuerdos la imagen sonriente y locuaz de Ruby. Si me concentro. Si no, lo único que me viene a la cabeza es aquella criatura, voraz y asesina, rompiendo la puerta de mi estudio y avalanzándose sobre mí. Su mirada vacía y hueca. Sus ojos neblinosos. Y sus dientes… Sus dientes sedientos de mi sangre, de mi carne fresca.

Me pasé todo el día preparándolo. El discurso. Parece mentira pero con la facilidad que tengo para crear historias, con lo sencillo que me resulta ponerme delante de un micrófono y hablar y hablar y hablar… Sin embargo, aquella tarde no tenía que inventarme ninguna historia. Tenía que hablar de Deidre. Mi amiga, mi compañera de supervivencia. Y no encontraba las palabras. Así que me fui de paseo.

El día estaba gris. Un típico día de mediados de marzo en la cornisa cantábrica. Nubes, una brisa fresca y la amenaza constante de la lluvia. Pero no llovió, ni por la mañana ni por la tarde. Incluso lució a ratos un sol débil y enfermizo. Un nimio recuerdo del sol de agosto.

Mientras paseaba me di cuenta de que estaba cansado. La tensión de las últimas semanas, la actividad constante —vigilando el perímetro, construyendo la muralla— me habían mantenido alerta, con la adrenalina disparada. Pero ese paseo, ese relax repentino, ese tiempo para pensar… En un momento las agujetas acumuladas durante semanas cayeron sobre mi cuerpo como una losa. Estaba hecho polvo. Y el agotamiento no me permitía concentrarme. Era casi la hora del responso y todavía no había sido capaz de encontrar las palabras adecuadas para la ceremonia.

Entonces un ruido llamó mi atención. Venía de una de las casas cercanas a la playa. Hacía ya tiempo, la habíamos convertido en nuestra granja. Dentro criábamos gallinas y conejos. Emilio fue el responsable hasta que… hasta que una de esas criaturas se lo llevó por delante cuando el equipo de limpieza se vio sorprendido por la horda de criaturas desaparecida. Desde entonces, Esti y Arkaitz se han encargado de ella. Tienen mano para los animales.

Pero aquella tarde, Esti y Arkaitz no estaban en la granja. Estaba cerrada a cal y canto. Cuando están dentro, siempre tienen las ventanas abiertas. Y sin embargo, alguien estaba dentro. Me acerqué curioso y toqué la puerta. Solo silencio. Los ruidos extraños al otro lado desaparecieron. Serán los animales, me dije para mí. Y continué mi camino hacia la plaza del ayuntamiento. Ya casi era la hora. Y yo, sin palabras para Deidre. Entonces, cuando ya casi había doblado la esquina, oí cómo se abría una puerta. ¿Estarían escapándose los animales? ¿Habría criaturas dentro del campamento? No me detuve a comprobarlo. Salí corriendo, en dirección a la plaza. Estaba desarmado.

—¿Qué ocurre?— me preguntó Rodrigo nada más verme.

—Creo que hay alguien… o algo en la granja.

No hizo falta decir más. Al instante se activó nuestro protocolo de emergencia y todos los que estábamos en la plaza corrimos armados hasta la granja. Cuando llegamos estaba cerrada.

—¿Qué has oído?

—No sé, ruidos extraños. Como pasos en el interior. He llamado, pero nadie ha contestado. Pero al girar la esquina, me ha parecido oír una puerta abriéndose.

Diana, Rodrigo y Aitor se prepararon para asaltar la casa. Aunque primero hicimos el suficiente ruido como para que cualquier criatura que estuviera en su interior se hiciera notar. Solo oímos a los animales.

—No creo que haya nada dentro. Si no, no quedaría ni una gallina viva— dijo Diana.

Tenía razón, no se me había ocurrido.

Entraron. Rompieron la puerta de una patada y entraron. La casa estaba vacía, como había intuido Diana, a excepción de las gallinas y los conejos.

—Joder, pues yo he oído algo extraño dentro.

Todos entramos a la granja. En efecto, todo estaba en su sitio. Y no parecía que nadie hubiera entrado y mucho menos una criatura. Sin embargo, tras inspeccionar la granja, Esti se acercó a nosotros con cara de circunstancias.

—¿Qué ocurre?— preguntó Rodrigo.

—Faltan gallinas.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

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