Emisión 25: El cementerio vacío

En emisiones anteriores: Dos sombras (la investigación del robo de las gallinas se pone en marcha) y ¿Tenemos un ladrón en el campamento? (misteriosamente, desaparecen dos gallinas en el campamento durante la celebración del entierro de Deidre)

 

Supervivientes, hace días que no os informo sobre las novedades del campamento. Los días pasan y el campamento se hunde en una especie de apatía contagiosa. Rodrigo fue el primero en infectarse de esa desgana, ese dejarse llevar, ese no querer hacer. Y su tristeza, su depresión, se instaló en todos y cada uno de nosotros. La consecuencia más grave ha sido la paralización absoluta de nuestro gran proyecto: la muralla. Ya nadie trabaja a diario, como hace un mes. Ya no hay cuadrillas bien dirigidas y organizadas. Ahora, de vez en cuando, cuando uno se siente útil o cuando se aburre, se acerca a nuestra muralla y se dedica a poner algunas piedras. Pero incluso eso, las piedras, nuestra materia prima, escasea. Sin nadie que vaya a por ellas, sin un equipo organizado que las transporte, nuestra muralla está muerta. A decir verdad, tampoco queda mucho para terminarla. Si trabajáramos duro durante una semana seguramente estaría lista. Pero nada, sin Rodrigo, nada. No hay nadie que nos dirija. Ni siquiera Diana. Ella se encarga de los turnos de vigilancia y de los equipos de limpieza pero no tiene ganas de asumir más responsabilidades. Y Aitor… Aitor bastante tiene con responsabilizarse de sí mismo. Por alguna razón parece que es incapaz de preocuparse de los demás. Solo se mira a sí mismo. Antes, porque Diana era su gran enemiga. Ahora, desde que han trabajado juntos en la investigación de los robos de gallinas, porque Diana es la mujer a la que quiere conquistar. Está irreconocible.

—¿Habéis descubierto algo, Aitor? — le pregunté el otro día.

—¿Algo, de qué?

—Pues de las gallinas. ¿De qué va a ser?

—Ah… perdona, no estaba pensando en eso.

Justo frente a nosotros estaba Diana, a unos treinta metros de distancia. Y Aitor no podía apartar la mirada de ella.

—Desde luego, estás irreconocible. — le dije. —Con lo que la has criticado…

—Sí, tienes razón. Pero está buenísima.

"Eran las seis. El grupo de Diana aún no había llegado, pero instantáneamente supe que no podíamos esperarles."

Ciertamente, Diana era guapa, aunque no era mi tipo. Pero parecía que, de repente, se había convertido en el tipo de Aitor.

—Bueno, pero entonces, ¿habéis descubierto algo? — insistí.

—¡Qué va! Nada. Parece como si las hubiera robado un fantasma.

—Una sombra…

—¿Cómo dices?

—No, nada. Tonterías mías.

El robo de las gallinas era todo un misterio. Ni Aitor ni Diana habían descubierto nada. Las llaves las custodiaban en todo momento Esti y Arkaitz y nunca habían notado que les faltaran. En el campamento nadie había visto nada extraño, nada sospechoso. Ninguna gallina muerta, ningún rastro de sangre. Nada. Como decía, aquel robo era un misterio.

Pero nuestro mayor problema no eran las gallinas desaparecidas. La granja estaba llena de animales. Un par de gallinas menos no suponían nada. Nuestro problema era esa apatía que nos condenaba a la inacción. Hace un par de días lo hablé con Diana.

—¿No crees que deberíamos hacer algo? — le dije.

Ella me observó de arriba abajo. Su mirada era siempre penetrante. Parecía que te estuviera examinando el cerebro en busca de tus verdaderas intenciones.

—¿Y qué quieres que hagamos?

—No lo sé, pero lo primero sería hablar con Rodrigo.

—¿Y quieres que hable yo con Rodrigo? Con lo que me estima…

Su ironía se me clavó como una daga en el corazón, pero tenía razón. Si ella hablaba con Rodrigo, este se encerraría más aún en su depresión.

—Ya hablaré yo con él, pero deberíamos pensar en algún plan. La gente necesita estar ocupada. Hacer cosas. Si no, acabaremos todos locos.

—¿No lo estamos ya? — insistió irónica Diana.

—Probablemente. De todos modos, ya es hora de que olvidemos nuestras vidas de ayer. Ahora solo nos tenemos a nosotros mismos. Podemos vivir encerrados en nuestro campamento, sobreviviendo, o tratar de construir el mundo que queramos. Un mundo nuevo, más duro que el que conocimos, pero nuestro.

—Déjate de charlitas. Pareces un político. ¿Qué hacías antes de todo esto? ¿Eras concejal de tu pueblo?

—No hace falta que seas tan borde, Diana.

—No, en serio, ¿a qué te dedicabas?

—Era periodista.

—Se te nota. — y soltó una carcajada.

—Prométeme solo que te lo pensarás.

No dijo nada. Sonrió, me miró a los ojos y se fue.

Dos días más tarde de nuestra charla, decidí hablar con Rodrigo. Debían de ser las diez de la mañana. El sol ya lucía con fuerza en todo lo alto del firmamento. Rodrigo estaría en el edificio del ayuntamiento. Últimamente pasaba allí los días, sentado, mirando el camino de salida del campamento, bebiendo.

Me dirigí con decisión hacia allí. Cuando me acercaba a la plaza del ayuntamiento, oí murmullos. La mayor parte del campamento estaba allí. ¿Qué ocurriría? Nadie había tocado la campana de alarma. No podía ser grave.

—Hola, Vladek.

Era Diana. Estaba al frente del grupo.

—¿Qué ocurre?

—¿No querías un plan? Aquí lo tienes. — Y se dirigió a todo el grupo. — Hace semanas que este campamento sufre de una enfermedad. La apatía. No sé si os habréis fijado pero nuestra muralla está inacabada. ¿Desde cuándo? Ya ni me acuerdo. ¿Y cuál es el problema? Que aunque hace semanas que no sufrimos ningún ataque, los caminos siguen estando infectados de bichos. ¿Y si un grupo medianamente grande nos atacara de repente? ¿Qué ocurriría? ¿Seríamos capaces de defendernos? No. No. No.

No se oía ni una voz.

—Así que más nos vale ponernos en camino. Ir a buscar piedras. Traerlas. Y terminar nuestra muralla. La necesitamos si queremos vivir. La necesitamos si queremos que este campamento sea el principio de nuestras nuevas vidas. Y ese principio comienza hoy. Necesito un grupo de 15 personas. Ahora mismo partiremos por el sector uno en dirección al monte. Haremos una limpieza de los alrededores y buscaremos lugares de donde extraer las piedras necesarias para terminar nuestra muralla. ¿Quién se anima?

La emoción se notaba en el ambiente. Diana no necesitó insistir. Veinte manos se levantaron de golpe. Diana escogió a los más válidos para la misión y encomendó a los demás el refuerzo de las torres de vigilancia durante su ausencia. A mí me tocó acompañar al grupo de limpieza de Diana. Mi responsabilidad, vigilar la retaguardia.

Salimos enseguida. Volveríamos por la tarde. Nos despedimos de todos los reunidos en la plaza. No pude evitar alzar la vista hasta la ventana del despacho de Rodrigo. Allí estaban sus ojos, hundidos, ahogados en un vaso de ron. Llorosos.

El camino estaba embarrado. Había llovido demasiado en los últimos días. Salimos del campamento por la puerta del sector uno. En esta zona la muralla estaba perfectamente terminada. Cruzamos la torre de vigilancia y nos dirigimos hacia el camino de la ermita, directos a la montaña. No hubo sobresaltos, no hubo sorpresas. El camino estaba limpio. Ni criaturas, ni bichos. Nada. Cruzamos la ermita y el cementerio. Nada. Diana ordenó que nos separáramos. Y eso hicimos: ella se llevó a un grupo y yo a otro. Caminamos durante horas por los alrededores. No encontramos nada. Quedamos en vernos cinco horas más tarde a la altura de la ermita. Nuestro grupo halló varios lugares de donde extraer piedras. Sería fácil transportarlas y no había criaturas por los alrededores. Trabajo fácil. Nos dispusimos a volver. El sol empezaba ya a descender.

Llegamos hacia las seis de la tarde a la ermita. El grupo de Diana aún no había llegado. Nos sentamos a esperarles. Estábamos agotados, pero el atardecer era precioso y lograba subirnos el ánimo.

—Oye, venid aquí, rápido. — gritó de repente Antón.

—¿Qué ocurre?

—Parece que hay carroñeros por los alrededores.

—¿Por qué?

—Venid, acercaros.

Antón estaba en el límite del cementerio.

—¿Qué hay? — insistí con un mal presentimiento, mientras me acercaba.

—Las tumbas están vacías.

Eran las seis. El grupo de Diana aún no había llegado, pero instantáneamente supe que no podíamos esperarles. Al momento me vino a la mente una imagen, una imagen que había leído en un libro. Una imagen que me heló la sangre.

Un gañido, a nuestra espalda, que me aterrorizó.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

Fuente de la fotografía: almost de Sarah Sitkin.

El próximo domingo podrás leer cómo continúa esta historia.

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8 comentarios sobre “Emisión 25: El cementerio vacío

  1. Esta bien que nos dejes con intriga…PERO DE ESA MANERA NOOO!!! Ay,que ya quiero que sea domingo,jeje.
    Bueno,no se si me recuerdas,pero si me recuerdas,me encantaria un mensaje de respuesta a este 😀
    Un saludo,espero con ansias la continuacion!

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    1. Hola Molter!! Cómo no te iba a recordar!! 🙂
      Ya siento haberos dejado con la intriga. Es pura estrategia para engancharos de nuevo este domingo.
      Muchas gracias por tu comentarios de ánimo. Son siempre un aliciente a la hora de escribir esta historia.

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