Emisión 26: La carrera hacia el campamento

En la emisión anterior: El cementerio vacío, Diana organiza una expedición para buscar piedras y limpiar los caminos, pero no saben lo que les espera al pasar por el cementerio…

Supervivientes, el cementerio estaba vacío. ¡Vacío! Los muertos, ¿dónde estaban? Los muertos anteriores a la epidemia, ¿también se levantaban de la tumba? Solo lo había leído en los libros, pero siempre había pensado que era pura ciencia ficción. Pero no, todos los muertos parecían estar infectados. Todos. Y los de nuestro cementerio, los del cementerio de nuestro pueblo habían desaparecido. Las tumbas estaban abiertas, ¡todas! El cementerio vacío.

Y a nuestra espalda, un gañido.

—¡Caminantes! —gritó David a nuestra espalda.

Pero su grito se ahogó en sangre. Dos criaturas se abalanzaron sobre él antes de que pudiera escabullirse. Había decenas de ellas. Decenas que se lanzaron en masa contra David.

Dos lo mordieron, como vampiros, en la garganta. Eran mordiscos violentos, sádicos. Por fortuna, seccionaron en seguida sus arterias y en pocos segundos perdió la conciencia. ¡Gracias a Dios! Porque, en apenas un instante, diez, quince, veinte criaturas mordían todo su cuerpo, lo desgarraban, lo amputaban. David se desangró enseguida, murió en un momento. Y de su cuerpo no quedó nada, nada que pudiera revivir, al menos. O eso espero, porque tampoco nos quedamos para verlo.

—¡Corred!

—¿Y Diana? ¿Y su grupo? — oí una voz a mi espalda, pero ya estaba corriendo, al igual que todo el grupo.

—¡Corred! No podemos defendernos. Son muchos. Diana y su grupo tendrán que defenderse solos. No podemos ayudarles.

"Supervivientes, el cementerio estaba vacío. ¡Vacío! Los muertos, ¿dónde estaban?"

Corred. Corred. Corred. Y corrimos. No había otra. Sin mirar atrás. Monte abajo. Con decenas de gañidos a nuestras espaldas, porque aunque muchos se habían detenido a descuartizar y engullir a David, otros muchos venían directos hacia nosotros. Monte abajo. Escalones abajo, porque el camino hacia el campamento era un cuesta llena de escaleras. Y las sombras cada vez eran más alargadas por el camino. Monte abajo. Corriendo. Seguidos por decenas de gañidos. Con la imagen de David descuartizado, desangrado, roto en mil pedazos. Huyendo despavoridos. Sin pensar en los demás. Sin detenernos. Sin mirar atrás. Sin gastar ni un solo disparo, porque sería inútil.

Me empezaba a faltar el aire, pero daba igual. Había que correr. Detenerse, ni pensarlo. Decenas de esas criaturas nos pisaban los talones. No sabía si mis compañeros me seguían. Estaba aterrorizado.

—¡Corred! Ya veo la torreta del campamento.

Allí estaba. Y Aitziber en ella.

—Aitziber, corre, da la señal de alarma.

Aitziber comenzó a tocar la campana de alarma y el campamento se movilizó. Podía ver la puerta de la muralla abriéndose. La puerta del sector uno. Estaba preparados para recibirnos. Y tiradores en el muro. Aitziber comenzó a disparar.

—¡Corred! — gritó Aitziber. — Yo os cubro.

Y nos cubrió. Tenía buena puntería. Disparaba a las cabezas y casi siempre acertaba.

Yo estaba asombrado. Las criaturas nos seguía muy de cerca. Corrían como gamos. Pocas veces veíamos a criaturas tan ágiles. Pero estas lo eran. Ágiles y veloces.

Crucé la torreta y me dirigí hacia la puerta de la muralla. Me faltaban diez metros.

—¡Corred!

No miré atrás. Crucé la muralla y me refugié en los puestos de defensa. Tomé aire. Miré quién cruzaba la muralla. Uno. Dos. Tres. Los disparos se sucedían. Cuatro. Más disparos. Y más. Las criaturas iban cayendo.

—¡Cerrad la muralla! — gritó Aitziber.

Y se cerró.

—No, falta uno. —dije. — No cerréis.

Pero cerraron.

No había nadie más. Todo eran criaturas. Unas veinte. Rodeaban la torreta de Aitziber. Las torretas estaban separadas de la muralla por unos diez metros. Nuestro objetivo ahora era acabar con todas las criaturas que se arremolinaban entre la muralla y la torreta.

—Apuntad a la cabeza. no desperdiciéis munición.

Y apuntamos a la cabeza. En cinco minutos, el camino estaba repleto de cuerpos con la cabeza atravesada por una bala.

—¿Quién falta?

Los miré a todos. Aitziber bajó de su torreta y entró al campamento.

—¿Quién falta? — preguntó.

—David cayó el primero. Arriba en el cementerio. — contesté. — Pero falta Rojo. ¿No lo has visto desde la torreta?

—¡Qué va! ¿Y Diana? ¿Y su grupo?

Me encogí de hombros.

—Joder.

Aitziber no veía con buenos ojos nuestras incursiones por los alrededores y perder a compañeros le reafirmaba en sus creencias.

—¿Y qué hacemos? — preguntó.

Yo miré sin saber qué responder. Faltaba Rojo. Y faltaba Diana y todo su grupo. Debíamos salir a buscarlos pero en mi mente solo podía ver el grupo de criaturas que se había merendado a David. Todavía estarían en los alrededores del cementerio.

—Solo podemos esperar.

—¿Esperar? — preguntó irónica Aitziber.

—Sí, esperar. No podemos hacer más. Diana sabe lo que hace.

Lo dije con firmeza, pero ni yo era capaz de creérmelo.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

Fuente de la fotografía: Las tumbas de la gloria de Emilia Garassino.

El próximo domingo podrás leer cómo continúa esta historia. ¿Estará viva Diana? ¿Estará vivo su grupo? ¿Y Rojo?

Anuncios

7 comentarios sobre “Emisión 26: La carrera hacia el campamento

  1. ahh que emocion!! esperar hasta el domingo. sigue asi hermano tienes una buena idea de lo que quieres hacer. espero algun dia terminar mi libro (obvio del genero Z)y que lo puedas leer. saludos desde mexico. 😀

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s