Emisión 33: Una herida abierta

Supervivientes, hoy es martes. Al menos eso dice el calendario que conservamos en el campamento. Hoy es martes. ¿Pero qué importa? ¿De qué nos sirve que sea martes o jueves o domingo? Antes, cuando el mundo tenía sentido, cuando había un cierto orden y cada mañana nos levantábamos para ir a trabajar y cada tarde volvíamos a casa y hacíamos la compra, los sábados por la mañana, y veíamos la tele hasta que se nos cerraban los párpados… antes, antes, tenía sentido. ¿O quizás no? Antes el mundo también vivía sumido en un cierto caos. Pero era nuestro caos, ese caos que aceptábamos o elegíamos o nos imponían. Nuestro caos rutinario. Pero hoy, ahora, cada día, el caos nos acecha, nos asedia, nos devora. No nos deja descansar. A decir verdad, el caos de antes y el de ahora se parecen demasiado.

Hoy es martes, tres días después de la noche fatídica, cuatro noches después del silencio nervioso, el eco de un disparo y la carrera por la vida. Pero esos días y esas noches hasta hoy no han sido tranquilas. El campamento está convulso. El campamento no ha podido descansar. Demasiados cabos sueltos, demasiada sangre derramada, demasiadas incógnitas por despejar.

-Aitor está mal.

Era sábado por la tarde. Acababa de abrir el ojo después de horas derrumbado en mi cama.

-Lávate la cara y ven a casa de Cristina.

Era Diana. Abrí los ojos pero apenas pude ver su cara. Todavía sentía el cansancio en cada músculo. Pero con lo poco que vi, fui consciente de que Aitor estaba grave. Muy grave.

Ha perdido mucha sangre, fue lo único que nos dijo La Doctora, nada más entrar. Tampoco hacían falta más explicaciones. El tono blanquecino de su piel, sus ojos cerrados, el suelo encharcado en sangre, las gasas sucias por todas partes. No necesitábamos más para saber que la vida de Aitor pendía de un hilo que estaba a punto de romperse.

-¿Qué podemos hacer?- pregunté.

-Necesita sangre. Urgentemente.

Me estaba remangando ya la camisa cuando Diana se interpuso en mi camino.

-Cristina, no me has contestado antes.

Era evidente que durante las horas que había permanecido dormido en aquella casa, en aquella enfermería improvisada, se habían vivido momentos de extrema tensión.

-¿Qué quieres que te diga?

-Lo sabes.

Yo observaba a aquellas dos mujeres, los dos pilares de nuestro campamento, sin entender una palabra. Rodrigo, sentado en una esquina de la habitación, tenía la mirada perdida en la sangre que cubría el suelo. No había nadie más. Nadie más que me explicara qué ocurría.

-Cristina, ¿cuál es el origen de la herida?

-Y yo qué sé. No estaba en la muralla con vosotros. Quizá Vladek te lo pueda decir.

Yo. La herida. La muralla. De repente, mil imágenes me vinieron a la cabeza. Un cementerio. Un aullido. David rodeado de caminantes. Una carrera hasta el campamento. Unas murallas que se cierran, sin Diana, sin su equipo y sin Rojo. Todo ocurrió demasiado rápido. No hubo forma de saber que nos faltaba Rojo hasta que no estuvimos en el campamento. Seguros y con las puertas cerradas. Mil imágenes en un segundo. Y después un disparo. Y otro. Y otro. Y luego silencio. Hasta que Aitor, nervioso, se abalanzó sobre mí. Cállate, imbécil, decía. Cállate, imbécil. Yo no entendía qué le ocurría hasta que vi su pantalón rasgado, lleno de sangre y viscosidades. La muerte se había adueñado de sus ojos, mientras una herida con muy mal aspecto en su costado derecho amenazaba con desangrarlo.

-Vladek, ¿qué pasó? – me preguntó Diana.

-No sé. De repente Aitor se echó sobre mí. Estaba muy nervioso, quería que me callara. Solo repetía eso. Estaba muy nervioso.

-Sí, ¿pero por qué sangraba?

Cerré los ojos. Intenté recordar cada instante desde que salimos corriendo del cementerio hasta que cerramos las puertas. Aitor defendía la entrada. Al menos eso creo recordar. Incluso solo unas horas después del ataque mis recuerdos eran bastante borrosos.

-No lo sé, Diana.

-Necesita sangre ya. – sentenció Cristina.

Me remangué nuevamente la camisa y ofrecí mi brazo a La doctora, pero Diana se interpuso de nuevo.

-No, Cristina.

-Diana, lo perdemos.

-Lo sé.

-¿Lo vas a dejar morir?

-Diana, ¿pero qué pretendes?

Diana me miró fijamente a los ojos. Y entonces comprendí. ¿Estaría infectado? ¿Lo habrían mordido? ¿Cómo se hizo Aitor semejante herida? Recuerdo que cuando lo vi sangrar enseguida me surgió la pregunta, pero se conoce que el descanso había sido tan reparador como para hacerme olvidar, por un momento, la amenaza exterior.

-No voy a permitir que nadie se debilite donando sangre para nada. Necesito a todo el campamento fuerte. Cristina, ¿es un corte limpio o la piel está desgarrada?

Pero Cristina se resistía a contestar.

-Cristina…

Aunque creía haber entendido todo, estaba claro que había algo que se me escapaba. Nuestros dos pilares, nuestra general y nuestra doctora, mantenían algún tipo de diálogo secreto que era incapaz de entender. Finalmente, Cristina cedió y examinó detenidamente la herida. Era evidente que ya lo había hecho previamente porque en apenas cinco segundos dio su veredicto.

-La herida parece limpia.

-¿Y está sucia con fluidos de los bichos?

Cristina sonrió, pero su sonrisa no tenía ni calor ni cercanía.

-Es difícil adivinarlo.

-Arriésgate.

Esta vez Cristina ni siquiera examinó la herida.

-Parece limpia.

-Sácale un poco de sangre a Vladek y trata de salvarlo. – sentenció Diana.

 Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

En la próxima emisión… Heridas invisibles. ¿Qué habrá sido de Aitziber, nuestra centinela? ¿Seguirá en shock?

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5 comentarios sobre “Emisión 33: Una herida abierta

  1. Ya estamos faltando, ¿eh,Vladek?
    Tendras motivos personales para ello, pero no nos dejes asi, un poco aunque no sea cada semana, pero cada mes o asi me gustaria!

    Me gusta

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