Emisión 35: Sin noticias de Rojo

En la emisión anterior… Aitziber no tiene heridas visibles, pero el horror de verse entre las fauces de una horda de zombis la ha dejado en shock. Mientras tanto, Aitor sigue debatiéndose entre la vida y la muerte.

Supervivientes, cuando esta mañana hemos dejado el campamento, Aitziber continuaba en shock: sin hablar, sin apenas comer, sin poder dormir. Aitor deliraba. Cristina le aplicaba nuevas curas, le trasfundía nueva sangre y miraba a Diana con cara de circunstancias, tratando de dejar claro que no había nada que hacer. Pero Aitor seguía vivo y, por los días que habían pasado desde el ataque, no estaba infectado. Si no, ya se hubiera convertido. Rodrigo continuaba perdido y ausente, transformado en un Rodrigo muy diferente al hombre seguro que habíamos conocido. Lucas, por su parte, vivía solo para Aitziber. Todo el día junto a ella. Toda la noche sin dormir, escuchando su lamento.

Con este panorama, me costó convencer a Diana de la necesidad de salir a buscar a Rojo.

-Vladek, somos muy pocos. No tengo suficiente gente para defender el campamento. Si nos atacan…

-Lo sé, Diana, pero llevamos varios días tranquilos y…

-Sabes perfectamente que eso no quiere decir nada.

-Sí, pero… no podemos dejar a Rojo solo.

-Vladek… Rojo está…

-No lo digas, Diana. No lo sabemos.

-Vladek…

-Sí, ya sé que es casi imposible que haya podido sobrevivir y que si lo ha hecho ya habría vuelto al campamento y si no ha vuelto todavía, es prácticamente imposible imaginar hacia dónde habrá podido escapar… Lo sé… lo sé, pero no puedo dejar de pensar que sigue vivo. Y está solo.

-No sabía que estabas tan unido a él.

-No lo estoy. Nunca lo he estado. Pero es uno de los nuestros.

-Y nosotros también. Y si te vas del campamento con tres hombres, estaremos más inseguros que con vosotros aquí.

-Diana, solo necesito echar una ojeada. Ver los cuerpos. Comprobar si hay alguna huella, si hay algún indicio de que ha muerto.

-Vladek…

-Déjame llevarme a dos, por favor.

-No puedo, Vladek.

El silencio repentino era una bofetada invernal.

-Entonces iré solo.

-No, Vladek.

-Subiré hasta el cementerio, echaré un ojo y volveré.

-Te digo que no.

Nuevamente el silencio como un cuchillo de hielo.

-Te llevarás a Arkaitz. Solo los dos.

-Está bien.

-Hasta el cementerio y volver. ¿Me has oído bien? No quiero que os arrieguéis. Nada.

-De acuerdo. Lo prometo. Hasta el cementerio y volver.

Hemos partido a media mañana. Arkaitz y yo. Más dos pistolas, una espada y un puñal. La orden más repetida por Diana: no metáis ruido. Caminad despacio, atentos a vuestras espaldas y huid de los problemas. Si tenéis que matar a un bicho, que sea en silencio, sin disparos.

Arkaitz se ha despedido de Esti tranquilizándola. Estaba nerviosa. Los últimos días han sido de absoluta calma pero nadie sabe qué se esconde ahí fuera, entre los árboles, entre las sombras del bosque.

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“El plan era llegar hasta el cementerio sin desviarnos ni detenernos y lo hemos cumplido.”

El plan era llegar hasta el cementerio sin desviarnos ni detenernos y lo hemos cumplido. Tampoco había muchas posibilidades de tomar otro camino, pero hemos evitado cualquier distracción. Todo estaba como debía estar. Nada fuera de su sitio. El camino estaba limpio, aunque apestaba a putrefacción. Nos estábamos acercando al cementerio, allí donde sufrimos el primer ataque. Los alrededores de la muralla los habíamos limpiado de cuerpos, vísceras y miembros amputados, pero no nos habíamos alejado más de 50 metros de la torreta de vigilancia. El último ataque nos había desmoralizado y aterrado. Teníamos miedo. Mucho miedo.

Hemos tomado la última curva del camino expectantes. Allí estarían los cuerpos de los bichos que habíamos matado al defendernos de su ataque. Pero no estaban. No había cuerpos. No había bichos putrefactos. No estaban allí. Pero habían estado, hasta que alguien o algo los arrastró hasta el acantilado.

-Qué ha pasado aquí.

Era la voz de Arkaitz, que observaba aquel espectáculo con pavor. Un espanto que se iba engarzando en su mirada, una mirada desencajada que se ha convertido en horror al contemplar la escena que se presentaba ante sus ojos.

-Vladek, vámonos, corre, vámonos.

Yo aún no había descubierto aquello que aterraba a Arkaitz, pero su cara me lo ha dicho todo. Para cuando me he dado cuenta de qué era, Arkaitz ya estaba corriendo sin mirar atrás, sin esperar. Y yo lo he seguido, sin pensarlo. Sorprendido. Asustado. Sin ganas de descubrir qué hacen las cabezas muertas -definitivamente muertas- de aquellas criaturas colgadas de los árboles que rodean el cementerio.

Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

En la próxima emisión… “Las huellas del odio”. Vladek describe a Diana lo que han descubierto y la convence para organizar una expedición por los alrededores. Pero lo que descubren va mucho más allá de lo que podrían esperar.

Fuente de la fotografía:

Cementerio

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