Emisión 37: Rojo rastro de sangre

Supervivientes, seguro que ninguno necesita escucharme describiendo el silencio que se respira en los bosques desde que la epidemia lo infectó todo. Seguro que todos lo habéis escuchado alguna vez, mientras huíais de las criaturas, mientras buscabais un refugio. Seguro que todos habéis sentido alguna vez esa ausencia de vida, esa soledad extrema, ese miedo primitivo.

En ocasiones intento imaginarme cómo será esta sensación en medio de una ciudad desierta. Bilbao, por ejemplo. Mi barrio. Ahora, después de la epidemia. Instalados por completo en los años oscuros que nos ha tocado vivir. ¿Cómo será este silencio, esta ausencia de vida, en medio de una ciudad que antes rebosaba de tráfico y comercio, de actividades culturales, de gente que camina del trabajo a casa y de casa al trabajo? ¿Cómo estará ahora? ¿Silenciosa quizás? ¿Repleta de criaturas y gañidos?

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“…el silencio que se respira en los bosques desde que la epidemia lo infectó todo.”

Hace mucho tiempo que dejé las ciudades. Cuando las criaturas dejaron de ser anécdota para convertirse en epidemia, enseguida comprendí que las grandes ciudades no eran un buen lugar para sobrevivir. Demasiada gente, demasiados candidatos para la infección, demasiadas criaturas de las que escapar. Y huí. Dejé mi casa, mi barrio, mi coche. Dije adiós a todo lo que había conocido y busqué refugio en los caminos poco transitados, en los pueblos poco habitados. Y huí. Justo lo contrario a lo que hicieron Estibaliz y Arkaitz. Ellos se quedaron en sus casas, en sus barrios residenciales, hasta que el ejército vino a decirles que la situación era incontrolable y que debían escapar en el convoy organizado, a última hora, por el gobierno. ¿Pero para qué? Para acabar encerrados en una ratonera, acorralados en una autopista infestada de criaturas. Los cuerpos de todos los fallecidos en los centenares de accidentes de tráfico que la huida masiva provocó. Una ratonera.

Yo elegí la huida solitaria. La senda tranquila. Y el silencio de los bosques. Un silencio sembrado de gañidos ocasionales, pero fácilmente controlables. Hasta que me topé con el campamento y aquí me quedé. Para sobrevivir y para defenderlo. Porque una buena defensa significaba sobrevivir otro día.

Por eso, porque hace mucho tiempo ya había aprendido lo importante que era estar preparado para defenderse, no tardé ni diez minutos en estar preparado y listo para partir con Diana.

—¿Adónde vais? —me preguntó Lucas, cuando me vio salir de mi estudio con mi mochila al hombro.

—Voy con Diana a explorar los alrededores.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué está Arkaitz tan alterado?

—No te preocupes. Tú cuida de Aitziber. Por cierto, ¿está mejor?

—Ha empezado a hablarme.

—Eso es buena señal. —dijo Diana. Apareció de repente. Con su mochila y su espada.

—Diana, ¿qué ocurre?

—No te preocupes, de momento. Vladek y yo vamos a reconocer los alrededores del cementerio. Llevamos provisiones por si tuviéramos que pasar la noche fuera.

—¿Cuándo debería preocuparme? —preguntó irónico Lucas.

Diana no pudo evitar reírse.

—Si mañana por la tarde no hemos regresado, organiza el campamento y prepáralo para defenderse.

—¿Es el grupo que desapareció por el mar?

—No lo sé, pero…

—Lucas, hemos visto cabezas…

Pero no pude terminar la frase. Diana me lo impidió.

—Tú prepáralos para lo peor. Si el ataque es muy numeroso, dejad el campamento. Dentro de un par de horas, reúne a todos en el ayuntamiento. Diles que la situación es compleja. Y ordénales que preparen sus mochilas con armas y provisiones. Es mejor que estén preparados.

—De acuerdo. Me tranquilizaría un poco saber a qué nos estamos enfrentando aunque ya veo que no me lo vas a contar.

—Tampoco lo sé.

Lucas no pudo evitar sonreír, pero no hizo más preguntas.

Antes de partir, nos acercamos a la enfermería. Diana quería hablar con Cristina. Mientras salían fuera yo me quedé un par de minutos con Aitor. Estaba consciente. Adormilado, pero consciente.

—¿Cómo te encuentras?

No me contestó. Al menos con palabras. Su mirada me transmitió temor. Salí de allí dudando si lo aterraba más morir o saber que tras la muerte no venía el descanso eterno.

—Vámonos, Vladek.

Dejamos el campamento a mediodía. Diana ordenó doblar la vigilancia en todas las torretas, especialmente en el sector 1.

—No somos tantos —le recordó Lucas.

—Haced lo que podáis.

Tomamos el camino del cementerio. Cuando llegamos, Diana ni se detuvo a examinar la escena que yo ya le había descrito. Seguimos por el camino de la costa. Dejamos la ermita a la derecha y continuamos entre pinos, eucaliptos y algún roble. Diana me guiaba con seguridad.

—¿Adónde vamos, Diana?

No me contestó. Lo único que me gruñó, entre dientes, fue un lacónico ocúpate de cubrirme las espaldas.

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“Según me giraba para desandar el camino, nuevas gotas de sangre llamaron mi atención.”

Caminamos durante horas. Sin descanso. Al principio no me percaté de que seguíamos un camino previamente marcado. Tardé un par de horas en apreciarlo. En realidad no sé cómo no me di cuenta antes. Supongo que porque estaba todavía conmocionado por la escena de las cabezas que Arkaitz y yo nos habíamos encontrado en el cementerio. Pero era imposible no verlo. Todo el sendero estaba marcado por media docena de pisadas. Aquel era el camino que siguió el grupo de Diana el sábado pasado. No había duda.

—¿Vinisteis por aquí?

—Mucho has tardado, Vladek.

—¿Qué ocurrió? ¿Dónde os atacaron?

—Más adelante. A una media hora de camino.

—¿De repente?

—No, fueron apareciendo poco a poco. Y los fuimos matando uno a uno. Hasta que llegó un momento en que tuvimos que desviarnos.

Diana calló y yo no seguí preguntando. Caminamos en silencio durante un par de kilómetros hasta que ella decidió continuar su relato.

—Aquí nos desviamos. Ya no eran bichos aislados, cada vez eran más y no podíamos hacerles frente. Además, en el grupo cada vez estaban más nerviosos. Y ordené la retirada. El problema es que estábamos muy lejos del campamento. Y retirarse ordenadamente a tanta distancia no es fácil.

—Pero lo conseguisteis. No hubo bajas en tu equipo.

—No, no hubo bajas. Pero en el tuyo sí.

Aquel comentario me hirió en lo más profundo. David. Rojo. No hacía falta que Diana me lo recordara.

—Bajamos por aquí. Rápido, muy rápido. Corrimos. Sin parar. Cuesta abajo. Monte a través. Entre pinos y matorrales. Perdiendo el equilibrio de vez en cuando. Oliendo de cerca la putrefacción. Oyendo a nuestras espaldas los gañidos. Eran demasiados. No podíamos hacerles frente. Así que no paramos de correr. No sé cómo aguantaron.

Estábamos recorriendo su camino de huida. Cuesta abajo. Monte a través. Esta vez con más calma. Sin prisas. No había señales de criaturas en los alrededores. No teníamos prisas. El sol comenzaba a caer pero aún teníamos una hora de luz. Llegaríamos al campamento de noche, pero no nos preocupaba demasiado.

Diana caminaba nerviosa. Con ansia. Fijándose en cada detalle. Casi olisqueando el terreno. Yo solo me preocupaba por guardar la retaguardia, por asegurarme de que no nos seguía ninguna criatura. Hasta que descubrí la primera gota de sangre.

—Diana, aquí hay sangre.

Nos detuvimos.

—Puede ser Rojo.

—Vladek, Rojo está muerto. Déjalo ya.

—Y entonces, ¿de quién es esta sangre?

Diana se encogió de hombros y me obligó a continuar nuestro camino en dirección al campamento.

—Nadie de tu grupo estaba herido.

—Alguno seguro que se hizo algún corte.

Estaba casi seguro de que no era así, pero no quise insistir. Estaba agotado y la idea de que Rojo pudiera seguir vivo a cada paso era más peregrina. Por el camino vi más gotas de sangre. No les di importancia.

Hubo un momento en que Diana pareció dudar sobre el sendero a seguir.

—Las huellas continúan por este lado. —le indiqué.

—No recuerdo que nos desviáramos.

—¿Qué hacemos?

—Investiguemos.

—Se nos hace tarde.

Diana dudó un segundo.

—Caminaremos solo diez minutos en esta dirección. Si no encontramos nada, retornamos al campamento.

Tomamos el desvío y lo seguimos durante diez minutos. A cada paso se fue estrechando. Más y más. Y a cada paso la pendiente fue incrementándose. Un sendero cuesta abajo cada vez más resbaladizo.

Caminamos diez minutos. No encontramos nada. Hasta el momento en que Diana decidió que ya era hora de retornar. Según me giraba para desandar el camino, nuevas gotas de sangre llamaron mi atención.

—Mira, Diana. Más sangre. ¿Seguro que no bajasteis por aquí?

—Imposible. Este sendero nos aleja del campamento.

—Pero era de noche. ¿No os desorientasteis?

—Vladek, te aseguro que cuando un grupo hambriento de bichos me persigue por el monte no me despisto con tanta facilidad.

—Deberíamos seguir el rastro.

Y según lo dije, salí del sendero y pisé sobre un terreno inestable. El suelo crujió bajo mis pies.

—¡Al suelo, Vladek! ¡Al suelo!

Si digo la verdad no recuerdo mucho de esos instantes. De repente, sentí un fuerte golpe en el costado. Un golpe que me tumbó. Acabé con la cara hundida en el barro del sendero. Y un peso muerto encima. Me ahogaba. No podía respirar. Por un momento imaginé que una criatura se había avalanzado sobre mí, que me tenía apresado entre sus brazos. El fin llegaría pronto. Con un mordisco. Con un arañazo. Pero no llegó. Ni el mordisco ni el arañazo. Unas manos temblorosas me ayudaron a levantarme y me limpiaron el barro de la cara. Podía respirar. Era Diana. Asustada, por primera vez. Confundida.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté.

Ella no me contestó. Su dedo, manchado con el barro de mi cara, me señaló en dirección al costado del sendero. Allá donde mis pies habían pisado un suelo quebradizo. Allá donde descubrí nuevas gotas de sangre.

Y allí, donde me había desviado para investigar, donde había estado yo apenas unos segundos antes. Allí, entre los árboles, colgadas de una cuerda, tres cabezas putrefactas y viscosas trataban de soltarse de sus ataduras para mordernos. Tres cabezas de criaturas. Con sus ojos saltones y sus dientes afilados. Tres cabezas como las que nos recibieron a Arkaitz y a mí en el cementerio. Pero vivas. Vivas y dispuestas a atraparnos. Vivas y colgadas de una cuerda. Una trampa mortal que casí me había costado la vida. Y la muerte. Tres cabezas seccionadas justo por encima de la garganta para que no gruñeran ni pudieran alertarnos con sus gañidos. Tres cabezas con una gran erre roja escrita en sus frentes, tallada en sangre con un cuchillo bien afilado.

 Desde el Campamento Última Esperanza, informó Vladek, un superviviente.

Fuente de las fotografías:

Un bosc i una mica de boira

Leaving the path

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